La batalla por salir del anonimato
Y la inspiración se posó en el hombro
derecho del poeta susurrándole al oído los versos más celestiales, himnos y
alegorías que harían enternecer al ser humano más frígido.
Llegó la procrastinación y también se posó
en su hombro izquierdo contagiándole dudas y cuestionamientos de su
esfuerzo en el acomodo de los signos latinos.
Pero la inspiración insistía con
vehemencia inagotable que la gloria esperaba por aquel hombre de letras. Que
era su destino y que empuñara con valor la pluma para plasmar la grandeza de
sus ideas.
La procrastinación también manifestaba de
manera tardía pero contundente sus argumentos: “Al resto de la gente no le
interesa otra cosa más que los asuntos
propios.” “¿Qué más puedes agregar a lo que ya se ha escrito?”
La inspiración, caracterizada por la
osadía y la revelación, tomaba aliento para articular nuevas palabras a su
discurso: “Escribir no sólo te hará bien a ti.” “De manera perene impregnará tu
mensaje a las futuras generaciones, quienes se congratularán de una vida digna
de ser vivida.
Finalmente, la procrastinación lanzó sus
frases más mortíferas: “Mira, ya se está haciendo de noche y el cansancio empieza
a menguar tus ideas.” “Déjalo para mañana y quizá la indiferencia que sufres
hoy ante la hoja en blanco, cambie.”
El poeta apretaba fuertemente la pluma
cómo quién sostiene una espada a punto de entrar al campo de batalla. Entonces,
convencido de que el alma era la brújula que guiaría sus próximas acciones,
medito un momento viendo fijamente hacia el papel y entonces decidió emprender
el viaje.