martes, 23 de febrero de 2016

La batalla por salir del anonimato

Y la inspiración se posó en el hombro derecho del poeta susurrándole al oído los versos más celestiales, himnos y alegorías que harían enternecer al ser humano más frígido.

Llegó la procrastinación y también se posó en su hombro izquierdo contagiándole dudas y cuestionamientos de su esfuerzo en el acomodo de los signos latinos.

Pero la inspiración insistía con vehemencia inagotable que la gloria esperaba por aquel hombre de letras. Que era su destino y que empuñara con valor la pluma para plasmar la grandeza de sus ideas.

La procrastinación también manifestaba de manera tardía pero contundente sus argumentos: “Al resto de la gente no le interesa otra cosa más que  los asuntos propios.” “¿Qué más puedes agregar a lo que ya se ha escrito?”

La inspiración, caracterizada por la osadía y la revelación, tomaba aliento para articular nuevas palabras a su discurso: “Escribir no sólo te hará bien a ti.” “De manera perene impregnará tu mensaje a las futuras generaciones, quienes se congratularán de una vida digna de ser vivida.

Finalmente, la procrastinación lanzó sus frases más mortíferas: “Mira, ya se está haciendo de noche y el cansancio empieza a menguar tus ideas.” “Déjalo para mañana y quizá la indiferencia que sufres hoy ante la hoja en blanco, cambie.”


El poeta apretaba fuertemente la pluma cómo quién sostiene una espada a punto de entrar al campo de batalla. Entonces, convencido de que el alma era la brújula que guiaría sus próximas acciones, medito un momento viendo fijamente hacia el papel y entonces decidió emprender el viaje.